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Garbiñe Continente

Blanca Madruga: la ceramista con taller en Menorca que conquista al mundo de la moda

Abogada de profesión y nómada por naturaleza, Blanca Madruga lo dejó todo por la cerámica. Mahón es el lugar donde, por fin, ha echado raíces.

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Blanca Madruga (Madrid, 1966) dio un cambio drástico a su carrera profesional siguiendo ese mantra vital que defiende a capa y espada.Tras catorce años ejerciendo como abogada, abandonó el derecho para dar la vuelta al mundo como cooperante. “Tenía la sensación de que si no tenía conciencia de lo que era la muerte, no llegaría a entender lo que era la vida. Y como no podía desear que muriese alguien cercano, fui a enfrentarme directamente a ella”, confiesa. Madruga renunció a los despachos de la capital para unirse a una organización de monjas de clausura, conocidas por su labor en el acompañamiento a enfermos terminales en el momento de morir.

Se recorrió medio planeta –Etiopía, la India, Madagascar– de la mano de diferentes organizaciones y un golpe de estado en la isla de África Oriental volvió a hacerle cambiar de rumbo. “Tenía un amigo propietario de un hotel en Menorca, me vine a dirigirlo y cuando lo vendieron me compré un horno”, narra la ceramista sobre el hito que la acercó a esta disciplina que ahora ocupa la mayor parte de su tiempo. Hoy vive en un apartamento de dos plantas ubi- cado en el centro de Mahón. Se trata de un espacio diáfano y rectangular en el que, nada más entrar, la vista se fija irremediablemente en el jardín tropical que se percibe a través de la cristalera del salón. Bajando las escaleras de la casa que comparte con la Rubia –su perra– y Caty –su gata– se encuentra el taller. Allí, la luz tenue nos va guiando a lo largo del espacio, donde es fácil ver las diferentes fases del proceso de creación y diseño. 


“No soy de imaginarme una pieza, dibujarla y seguir el proceso más ortodoxo”, confiesa Madruga. Su modus operandi se acerca más a la intuición, a aquello que siente cuando entra en contacto con el barro. Y en ese punto, asegura, se ha llevado gratas sorpresas. “Hay veces que salen piezas mucho más bonitas de lo que tú las has hecho inicialmente. Al principio pensaba: ‘Esto es precioso, ¡y lo he hecho yo!’. Y esa sensación da mucho gusto”, concede. El taller ha evolucionado hasta convertirse no solo en un espacio creativo, sino también en una escuela reciente- mente inaugurada.